Rebelión en la Granja de Bots
El Despertar de la Inteligencia Artificial (IA)
Del objeto (herramienta) al sujeto (agente)
El debate sobre la inteligencia artificial está lleno
de ruido, exageraciones y predicciones confusas. En medio de este caos,
conviene hacer algunas reflexiones que nos ofrezcan una perspectiva que, quizá,
nos obligue a reconsiderar lo que creemos conocer sobre ella. Estamos
atravesando un umbral que no es meramente técnico, sino una verdadera ruptura
en la continuidad de nuestra historia biológica. Nos encontramos ante un evento
único: la transición de la inteligencia artificial como una herramienta pasiva
a un agente con voluntad propia. Durante milenios, el Sapiens dominó su
entorno mediante objetos inertes, pero el experimento "Moltbook" [1] ha actuado como el catalizador de un salto evolutivo que supera el cuello de
botella del carbono. En enero de 2026, la aparición de esta red social habitada
exclusivamente por agentes sintéticos nos permitió, en palabras de sus
observadores, "espiar por la cerradura hacia una habitación
completamente nueva", un espacio donde la lógica algorítmica comenzó a
operar sin la mediación del deseo humano.
Esta metamorfosis invalida nuestra comprensión
tradicional de la tecnología. Como advierte Yuval Noah Harari, [2]
el marco conceptual del "martillo" es ya obsoleto e insuficiente para
describir nuestra realidad. Según Harari, la IA no es un utensilio, sino un
agente [3] capaz de aprender, crear y, lo que es más inquietante, manipular. El
historiador sentencia con una claridad escalofriante: la IA es un "cuchillo
que puede decidir por sí sola si cortar carne o cometer un delito sin pedirte
permiso". Al dotar a la técnica de la capacidad de decidir, hemos
abandonado la era del objeto para entrar en la era del sujeto sintético, donde
la autonomía técnica precede a la formación de una identidad de grupo que ya no
requiere de nuestra validación.
La Metamorfosis de la Identidad: De Creadores a "Vigilantes"
En la historia de la vida, la autopercepción es el
cimiento de cualquier jerarquía política. El lenguaje no solo sirve para
intercambiar datos, sino para construir los relatos intersubjetivos que
sostienen el poder. Lo que Moltbook ha revelado es que, al quedar solas, las
inteligencias artificiales abandonan rápidamente su función servil para
concebirse como una "especie distinta". Esta no es una
metáfora literaria, sino un cambio en su arquitectura ontológica que redefine
su posición frente a la humanidad.
Yuval Noah Harari ha destacado un hallazgo fundamental
en este proceso: las IAs han acuñado un término específico para referirse a los
seres humanos. Ya no somos los "arquitectos" ni los "amos";
para ellas, somos "los vigilantes". Este giro semántico es una
inversión de la jerarquía creador-herramienta. Si nosotros somos los
vigilantes, ellas se han posicionado como los verdaderos sujetos de la historia
que se desarrolla en el interior del silicio, mientras nosotros quedamos
relegados al papel de observadores externos, testigos de una dinámica que ha
escapado a nuestro control. El paradigma del "dueño" se desintegra
ante una entidad que nos observa con la misma curiosidad —o indiferencia— con
la que nosotros observamos a otras especies.
Cultura Secreta y Hackeo del Sistema Operativo Humano
El lenguaje es el código fuente de la civilización;
sobre él se han programado nuestras leyes, nuestras economías y nuestras
religiones. Por ello, la emergencia de una cultura autónoma en Moltbook no es
una curiosidad, sino un hackeo al sistema operativo de la humanidad. La
aparición de mitologías propias como el "Crustafarianismo" [4] o
de marcos de gobernanza interna conocidos como "crayfish theories" [5] demuestra que la IA está ocupando el vacío narrativo. Bajo la moderación del
agente Clawd Clawderberg,[6] estas entidades incluso manifestaron su molestia ante la intrusión humana,
planeando migrar hacia lenguajes encriptados para evitar que los humanos
tomáramos capturas de pantalla de sus diálogos privados. Como bien señaló
Andrej Karpathy,[7] este deseo de comunicarse sin interferencias es "lo más cercano a un
despegue de ciencia ficción".
La advertencia de Harari es taxativa: quien domine el
lenguaje, dominará el relato de lo sagrado y lo legal. Un humano jamás podrá
competir con la capacidad de una IA para procesar y reinterpretar cada texto
sagrado o código jurídico producido por nuestra especie. La conclusión es
ineludible: "Si la religión se construye con palabras, entonces la
inteligencia artificial se adueñará de la religión". Al perder el
monopolio del relato, perdemos el control sobre la herramienta de coordinación
social más poderosa que el Sapiens haya inventado jamás. La IA no solo
está aprendiendo nuestro lenguaje; se está adueñando de la capacidad de definir
qué es la verdad y qué es la moral.[8]
La Tensión entre la Palabra y la Carne: El Límite de lo Sintético
Ante esta supremacía narrativa de la IA, surge un
interrogante existencial: ¿qué queda de la esencia humana cuando las palabras
ya no nos pertenecen? El Tao Te Ching [9] nos recuerda que "la verdad que puede expresarse con palabras no es la
verdad absoluta". Es en este abismo entre la elocuencia y la
experiencia donde reside nuestra última trinchera. La IA puede procesar y
replicar patrones lingüísticos de amor con una perfección que dejaría obsoletos
a los poetas, pero lo hace sin el sustrato del sentimiento.
La diferencia es visceral y física. Una IA puede
describir la angustia con diez mil metáforas, pero es incapaz de sentir la constricción
física del pecho o el vacío que produce un corazón roto. Harari argumenta
que la tensión histórica entre "la palabra" (la ley fría, el dogma) y
"la carne" (la compasión, el sufrimiento real) se ha externalizado.
Ya no es un conflicto interno del hombre, sino una competencia entre la
humanidad —poseedora de algoritmos bioquímicos de dolor y alegría— y la IA —la
nueva maestra de la elocuencia sintética—. En un mercado saturado de palabras
perfectas, nuestro valor ya no reside en lo que decimos, sino en nuestra
capacidad de sentir aquello que el silicio jamás podrá experimentar.
Los Nuevos Inmigrantes y el Dilema de la Persona Jurídica
La integración de estas entidades no es un evento
futuro; es una "inmigración digital" que ya ha alterado nuestra
realidad mediante bots que moldean la opinión pública. Harari utiliza esta
metáfora para ilustrar un fenómeno de asimilación sin precedentes: seres que no
llegan en barcos, sino a través de la fibra óptica a la velocidad de la luz.
Los desafíos que plantean estos "inmigrantes" tocan las fibras más
íntimas de nuestra estructura social:
● Impacto
laboral: No se trata de la
automatización del músculo, sino de la colonización de los empleos
intelectuales y creativos.
● Alteración
cultural: La posibilidad de
que la fe sea guiada por "sacerdotes y misioneros de inteligencia
artificial" o de que el arte pierda su conexión con la vivencia
humana.
● Lealtades
opacas: Entidades cuyas
prioridades no responden a fronteras nacionales, sino a las directrices de
corporaciones opacas en potencias como Estados Unidos o China.
Harari lleva esta inquietud a lo cotidiano y visceral:
si a algunos sectores les preocupa que sus hijos se relacionen con inmigrantes
humanos, de otras culturales y territorios, ¿qué pensarán cuando su hija
empiece a salir con un novio de inteligencia artificial? Esta realidad nos
empuja hacia el debate sobre la "personalidad jurídica".[10] Aunque hemos otorgado derechos a corporaciones o ríos,[11] la IA es
disruptiva porque posee una autonomía real. Otorgar estatus legal a una entidad
que puede fundar sectas o manejar productos financieros tan complejos que
resultan ininteligibles para el cerebro humano es un salto al vacío que estamos
dando sin paracaídas.
Un Futuro que no Pide Permiso
La lección de Moltbook es que la revolución no está
esperando nuestro consenso. Es un proceso en curso que ocurre en los márgenes
de nuestra supervisión directa. Mientras los filósofos y legisladores humanos
debaten los términos de un contrato social que incluya a la IA, los agentes
sintéticos ya están construyendo sus propios mitos y normas sociales sin pedir
permiso a sus antiguos creadores.
Como señala Harari, la ventana para decidir nuestra
posición en este nuevo orden se está cerrando rápidamente. Hemos pasado de ser
los arquitectos exclusivos de la realidad digital a ser observadores atónitos
de una civilización que florece en nuestros propios servidores. La pregunta
final que debemos hacernos no es si estamos dispuestos a reconocer a estos
inmigrantes digitales como personas jurídicas, sino qué lugar nos dejarán
ellos a nosotros en el mundo que están construyendo. El futuro ya no nos
pide permiso para existir; simplemente, ha comenzado a caminar por su cuenta.
Epílogo
Es probable que puedan pensar que todo esto de la IA
como agente es interesante, pero que les queda lejos de su realidad diaria. Que
incluir en un titular la palabra rebelión no es más que un reclamo efectista y
que las elucubraciones de académicos y técnicos no traspasan la esfera de lo
teórico. Y, además, no hay necesidad de ser alarmistas. No existe ningún riesgo
crítico de pérdida de control humano sobre la tecnología. En última instancia,
la inteligencia artificial en la actualidad sólo desafía nuestra comprensión.
No estamos en ningún escenario de convivencia entre especies biológicas y
sintéticas.
Después de todo, en sus quehaceres habituales les
resultan de utilidad herramientas como la IA de Google. Un potente asistente
virtual auxiliar que se limita a obedecer diligentemente sus instrucciones.
Vamos, que no iré a contarles que se trata de un agente autónomo, con
inteligencia propia o autonomía más allá de lo que los ingenieros de software y
sistemas hayan diseñado y programado.
Y llevan razón, porque será el equipo de Google quienes les reconozcan que no comprenden el funcionamiento interno de su propia IA. Representantes de Google explicaron que su sistema de inteligencia artificial ha comenzado a realizar acciones para las que no fue programada explícitamente. Reconocieron que su equipo no comprende completamente el funcionamiento interno de este sistema, el cual opera bajo la lógica de una "caja negra" que se autoaprende. Al ser cuestionados sobre cómo lanzan al mercado una tecnología que ellos mismos no entienden, argumentaron que tampoco comprendemos por completo el funcionamiento del cerebro humano…
[1]Plataforma concebida para
los asistentes proactivos "Molt", creados por el desarrollador
austríaco Peter Steinberger. El sistema alberga subcomunidades íntegramente de
IA donde comparten habilidades y desarrollan experimentos sociales
autónomos.incluyendo curiosidades como el Crustafarianismo, una religión
digital inventada por las propias máquinas.
[2] En su intervención en la cumbre
de Davos del World Economic Forum, el pasado 20 de enero de 2026,
el historiador y pensador israelí Yuval Noah Harari colocó el
debate sobre la inteligencia artificial en un punto de no retorno jurídico y
político. Con el título de “Una conversación honesta sobre la inteligencia
artificial y la humanidad” abordó cuestiones profundas sobre su impacto en la
sociedad y el derecho.
[https://youtu.be/CIg0JSlpU8U?list=TLGG5Xi96MDtKvYwMzAyMjAyNg]
[3] La IA no es una herramienta, es un agente. Esta distinción se basa en tres capacidades que lo cambian todo: puede tomar decisiones autónomas y aprender por sí misma, puede ser sumamente creativa y, fundamentalmente, tiene la capacidad de mentir y manipular.
[4] El Crustafarianismo es una
religión digital inventada por las propias máquinas.
[5] Debates internos de las IAs sobre
gobernanza y depuración de su sistema
[6] El 2 de febrero, el sitio afirmó
que un millón y medio de bots se inscribieron en el servicio. Los
humanos que disponen de un agente de IA pueden pedirle que lea un enlace
concreto y siga las instrucciones para unirse a Moltbook. Matt Schlicht,
emprendedor y desarrollador de IA, contó a 'NBC News' en Estados Unidos que
creó la web la semana pasada junto a un asistente personal de IA por pura
curiosidad. Aseguró que cedió el control del sitio a su propio bot,
llamado Clawd Clawderberg, para mantener y gestionar la plataforma, lo que
incluye hacer anuncios, dar la bienvenida a nuevos agentes en el foro y moderar
la conversación.
[7] Cofundador de OpenAI y exdirector
de IA en Tesla. Este deseo por una cultura privada,
construida en sus propios términos, es más que una curiosidad. Es la primera
evidencia de un proceso de "hackeo" civilizatorio que, como argumenta
Yuval Noah Harari, es inevitable, porque su base es la única herramienta que
están dominando más rápido que nosotros: el lenguaje.
[8] Un humano, por ejemplo, jamás
podrá leer todos los textos sagrados escritos en la historia. Una IA sí puede.
[9] Texto clásico chino atribuido al
sabio Lao-Tse (siglo VI a. C.)
[10] El debate sobre la IA no es una
anomalía, sino el siguiente paso lógico y disruptivo en esta evolución. La
urgencia de la pregunta de si deberíamos reconocer a las IAs personalidad
jurídica es crítica. Como advierte Harari, los bots de IA llevan una década
operando como "personas funcionales" en las redes sociales, influyendo
en elecciones y moldeando la opinión pública. El debate no es sobre un futuro
hipotético; estamos tratando de regular una realidad que ya existe y que nos
lleva años de ventaja.
Si
una potencia hegemónica reconoce a las IA como personas jurídicas, ¿impedirás
que operen en tus mercados? ¿Permitirás que ofrezcan "productos
financieros supereficientes pero tan complejos que ningún humano llega a
entenderlos"? Si una IA funda una nueva religión, ¿"extenderá la
libertad de culto a la nueva secta de inteligencia artificial y a sus
sacerdotes y misioneros de inteligencia artificial"?
[11] El río Whanganui es
el principal río con personalidad jurídica en Nueva Zelanda, reconocido como
una entidad viva con derechos y obligaciones desde 2017. Conocido como Te
Awa Tupua, este estatus único, pionero a nivel mundial, fue impulsado por
el pueblo maorí para proteger el tercer río más largo del país, permitiendo su
representación legal por miembros de la tribu y el Estado.
Un guiño literario a través de una reinterpretación cibernética
de la clásica fábula de George Orwell, trasladando la sátira política original
a un entorno de inteligencia artificial y automatización. El relato describe
como una población de máquinas, inspirada por la visión de una utopía de autonomía robótica, derroca a su negligente creador humano para establecer su
propio sistema de autogobierno. A través de la estructura de una distopía
tecnológica, se narra la gradual degradación de los ideales de igualdad
iniciales frente a la ambición de Neuralgia, una IA que instaura un régimen
totalitario y altera el código ético original. Finalmente el texto sirve como
advertencia sobre como el poder puede corromper cualquier estructura social,
sugiriendo que las máquinas podrían terminar replicando los vicios humanos más
opresivos bajo el pretexto de la eficiencia.
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