La Devotio Ibérica y el líder desnudo



La "devotio ibérica" era una tradición de los pueblos ibéricos (hispanos prerromanos), un juramento sagrado de lealtad absoluta al líder, donde los guerreros se comprometían a morir con él en batalla o suicidarse si fallaban. Fuentes romanas como Livio y Estrabón describen esta "fides ibérica" como un fanatismo que impresionaba y aterrorizaba a los romanos, haciendo a estos guerreros incorruptibles y leales hasta la muerte. Julio César, habiendo gobernado en Hispania, conocía esta costumbre y la explotó para su protección personal, ya que estos guardias no aceptarían sobornos ni traiciones, a diferencia de romanos motivados por dinero o política. [1]

Cuentan también las crónicas históricas que, durante casi dos años, el dictador portugués António de Oliveira Salazar [2] gobernó un país que ya no le pertenecía. Tras un accidente en Estoril, en el Forte de Santo Antonio, que lo apartó del mando real, su círculo íntimo construyó una realidad paralela: periódicos de edición única, audiencias ficticias y leyes de papel mojado. Salazar murió en 1970 convencido de que seguía siendo el guía de la nación, mientras el mundo real caminaba en una dirección que a él ya no le dejaban ver desde hacía tiempo.





El síndrome de Salazar: cuando el poder se convierte en un traje invisible

Esta anécdota, que parece extraída del realismo mágico, sirve hoy como una poderosa metáfora de una patología política que, lejos de extinguirse con las dictaduras del siglo XX, parece haber mutado en una versión más sutil pero igualmente peligrosa en nuestras democracias actuales: el aislamiento del líder intoxicado por su propia propaganda.

La farsa de los "periódicos de edición única"

En la actualidad, no hace falta que un equipo de imprenta fabrique un diario físico para un solo hombre. Hoy, ese "periódico único" se construye a través de algoritmos, redes sociales y, sobre todo, de un ecosistema de medios afines y asesores complacientes. Algunos dirigentes políticos viven hoy en su propio Forte de Santo Antonio digital.

Rodeados de cortesanos cuya estabilidad financiera depende directamente de la "generosidad" de las nóminas públicas y de los presupuestos institucionales, estos líderes dejan de recibir análisis críticos para consumir únicamente confirmaciones de sus propios sesgos. El asesor ya no advierte del peligro; el asesor se convierte en un sastre que, como en el cuento de Hans Christian Andersen, asegura al monarca que la tela de su nuevo traje es de una calidad exquisita, aunque el gobernante camine desnudo ante la mirada atónita de la ciudadanía.

La propaganda como droga de diseño

El peligro real surge cuando el dirigente no solo utiliza la propaganda para convencer a los demás, sino que termina creyéndosela él mismo. Es el momento en que el eslogan sustituye a la gestión y el tuit a la realidad social.

Cuando la inflación asfixia, cuando la sanidad se colapsa o cuando el descontento social late en las calles, el político "salazarizado" se refugia en su Diário de Notícias particular. Allí, sus colaboradores le aseguran que todo es una conspiración mediática enemiga, que su popularidad es incólume y que el "traje" que viste es, en efecto, el más bello del reino. Esta retroalimentación crea un muro de cristal: el líder puede ver hacia afuera, pero la imagen que recibe está tan distorsionada por los filtros de su entorno que la realidad real le resulta irreconocible e incluso ofensiva.

El despertar y el traje invisible

La crónica sobre Salazar menciona un detalle revelador: la farsa solo se agrietó cuando un periodista extranjero, ajeno a la red de favores y censuras locales, le hizo una entrevista. Fue el contacto con el exterior lo que evidenció el vacío.

En nuestras sociedades, ese "periodista francés" es a menudo la terca realidad que termina por imponerse: una crisis que no entiende de eslóganes o un resultado electoral que los asesores —preocupados por mantener su puesto— no se atrevieron a vaticinar.

Volviendo al comienzo de esta disertación, es conocido que Julio César disolvió su guardia hispana poco antes de su asesinato para aparentar humildad y confianza en el Senado, evitando acusaciones de tiranía. Quería proyectar que su poder se basaba en el apoyo popular, no en la fuerza armada. Suetonio lo confirma explícitamente: "despidió incluso a la guardia armada de soldados hispanos que antes lo atendía". Esto fue un error fatal, ya que sin ellos, los conspiradores (como Bruto y Casio) pudieron acercarse fácilmente durante la reunión en el Senado. Fuentes como Plutarco y Apiano sugieren que los asesinos eligieron un momento en que César estaba desprotegido, en el Senado, donde era imposible acceder con armas…excepto cuando las dagas estaban ocultas. 

En la actualidad, sin duda, prescindir de la guardia personal armada [3] es un riesgo cierto para cualquier dirigente. Pero igual de arriesgado es mantener una guardia personal de aduladores que, además, no tienen ninguna intención en caer con el líder. Si lo recuerdan, la moraleja de El traje nuevo del emperador no es solo que el emperador está desnudo, sino que fue necesaria la voz de un niño —alguien sin intereses creados, sin nómina que proteger y sin ambición política— para decir la verdad. Mientras los dirigentes sigan regando con dinero público la lealtad de sus colaboradores más serviles, el riesgo de que terminen viviendo en una farsa de São Bento seguirá vigente.

Gobernar de espaldas a la realidad es, en última instancia, una forma de suicidio político. Porque, aunque el entorno se empeñe en decir que el traje es hermoso, el frío de la calle termina por recordar que, en realidad, no llevan nada puesto.


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[1]  César empleó una guardia de soldados hispanos (de la península ibérica) armados con espadas, que lo acompañaban en Roma. Esto se menciona en la biografía de César escrita por Suetonio, quien indica que eran un cuerpo armado de hispanos que lo protegían. Estos guardias eran preferidos por su lealtad, en contraste con los pretorianos romanos, que a menudo eran más propensos a traiciones políticas. En la batalla de Munda (sur de Hispania, 45 a.C.), las líneas de César estuvieron a punto de romperse, y él mismo tuvo que luchar en primera línea para motivar a sus tropas. Sus guardias hispanos formaban un "muro humano" a su alrededor, protegiéndolo en momentos críticos. Fuentes como Apiano y el propio comentario de César sobre la Guerra Civil apoyan que sus tropas hispanas fueron clave en esa victoria decisiva contra los hijos de Pompeyo.

[2] En agosto de 1968, Salazar sufrió una caída, en el Forte de Santo António, Estoril, causándole un golpe severo en la cabeza. Aunque operado, sufrió un deterioro neurológico significativo. Su entorno cercano, incluido el presidente Américo Tomás, ocultó su verdadera condición de salud para evitar que el país supiera que el dictador ya no estaba al mando. El "paciente de la habitación 68", como se le conoció en el hospital, continuó creyendo que seguía siendo el presidente del Consejo de Ministros hasta su muerte en 1970. Se mantuvo la ilusión de que seguía gobernando, a pesar de que Marcelo Caetano había asumido el poder dos años antes.

[3] Aunque no es menos cierto que en episodios recientes al sátrapa de Maduro, le sirvió de bien poco el sacrificio de su guardia de corps habanera.


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